FILOSOFÍA

Juego

Hacen dos o tres días pensaba en esto del juego. Y repito: esa actividad sin fin que realiza el ser humano sólo cuando es niño. Esto lo dice Humberto Maturana, el filósofo chileno. Y después de este pensamiento, ¡a lo que llama juego el hombre adulto! La esencia, lo que “hace ser eso que es” a ciertos “juegos”: el tenis, por ejemplo: la pelotita que va de un lado a otro de la red.
lunes, 31 de diciembre de 2018 · 13:22

Hacen dos o tres días pensaba en esto del juego. Y repito: esa actividad sin fin que realiza el ser humano sólo cuando es niño. Esto lo dice Humberto Maturana, el filósofo chileno. Y después de este pensamiento, ¡a lo que llama juego el hombre adulto! La esencia, lo que “hace ser eso que es” a ciertos “juegos”: el tenis, por ejemplo: la pelotita que va de un lado a otro de la red y debe botar entre los límites y después volver, va y viene por la voluntad y la fuerza y la habilidad de los dos tipos que juegan, es sencillo, es simple en su esencia-más allá del esfuerzo y la habilidad de los que juegan. Lo que hace que sea eso que es, es simple. El futbol: un grupo de hombres contra otro grupo de hombres, intentando hacerle pasar, un grupo al otro, la pelota por “un rectángulo de palos”, y de nuevo comienza la misma acción, y así durante tantos minutos determinados.

Lo que hace que sea eso que es, su esencia, es simple, es sencillo- más allá del esfuerzo y la habilidad de los que juegan. El rugby, es similar, el Jokey y otros, que, además, estos juegos, son muy buenos por su modo grupal, por la necesidad de cada uno por cada uno durante el juego, reconocerse, participarse, ayudarse, tocarse, abrazarse y reír cuando hacen el “gol”. Y si parece que estas actividades tienen un fin, como el hacer más goles. No es un fin, porque eso está dentro del juego, hace a la actividad, hace al juego. “Juguemos para hacer más goles”, no es la convocatoria. La convocatoria es: juguemos al futbol, al rugby, al jokey, porque nos gusta su desarrollo, el llevar la pelota con los pies, o el llevar la pelota con las manos, o el llevar la pelota con una madera curva en su extremo inferior.

Porque de lo contrario no elegirían el juego. Les daría lo mismo uno que otro, porque en todos hacen más o menos goles. Y tendrían que desarrollar las habilidades y la fortaleza que requiere la práctica de todos los juegos. Lo deciden “por gusto”. Entonces, pensado así son un juego. Y cuando digo, sencillo, simple en su esencia, simple en ser lo que son, estoy diciendo “inocentes” porque las asocio a los niños. Hombres adultos contra hombres adultos tratando de entre todos, de cada equipo, meter la pelota por el rectángulo, es bonito, es de niño. No para que lo hagan sólo los niños, sino: es sencillo, simple: lo puede hacer un niño.

Y cuando lo hacen los niños, los que observan lo festejan en carácter de juego. Y que lo hagan los adultos, dice de esa necesidad de juego que tenemos los adultos. Les hablé de ¿Dónde va la niñez de los Hombres cuando crecen? Pero a estos “procedimientos” de esencia, de lo que hace que sean eso que son, sencilla y que son juegos, el Capitalismo, el mercado, el pensamiento calculador que obnubila al Hombre, el único pensamiento que practica el Hombre, a estos procedimientos les sigue llamando “Juego” y les asocia un fin que es: la ganancia de dinero, el negocio, el éxito, la popularidad, la riqueza en su concepto, la apropiación de artificios costosos.

Y dejan de ser “un juego”. Inclusive, el marco de definición donde están situados se denomina “Competencia, y competencia significa: negar al otro”. No son más “un juego”. Son actividades lucrativas que niegan al Sujeto como todas las que determina el cálculo. Inclusive, le llaman “juego” a lo que el hombre hace en la ruleta, en las máquinas tragamonedas. Su esencia puede ser menos o más complicada, como el juego de ajedrez u otros. Pero que el pensamiento calculador le llame “juego” a lo que le llama, es una de las más agresivas exposiciones de su hipócritud. De su apoderamiento de las actitudes, necesidades, placeres y actividades de los Hombres. Negando al Hombre.

 

                                                                                    Miguel A. Montoya Jamed

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