OPINIÓN

El que se crea a salvo

Este miércoles se cumple una semana desde que comenzó la peor pesadilla que pueda contar esta generación. Hay que ponerle rostro a los números.
miércoles, 26 de agosto de 2020 · 10:26

Este miércoles se cumple una semana desde que comenzó la peor pesadilla que pueda contar esta generación. A las 13, el 19 de agosto la ministra de Salud, Alejandra Venerando, le comunicaba telefónicamente a la intendenta de Caucete, Romina Rosas, que habían detectado dos casos autóctonos de Covid-19 en el departamento y que ninguno tenía nexo epidemiológico. El fantasma de la circulación viral llegó y sacudió a la provincia.

De inmediato fueron acordonados y aislados los barrios Justo P. Castro I y III. Pero enseguida aparecieron otros dos casos en diferentes puntos y todo Caucete quedó en cuarentena estricta. Fue apenas el anticipo de lo que sucedería en el resto de la provincia un par de días después. En cascada vinieron los casos por contacto estrecho en Santa Lucía, Rivadavia, Capital, Sarmiento, Chimbas, Angaco, Rawson, Pocito, San Martín e Iglesia. La lista no está cerrada en absoluto.

Capital, Rivadavia, Chimbas y Santa Lucía fueron los primeros que pudieron liberar completamente a sus barrios aislados y fue una buena noticia, pero de ninguna manera habilita a sus vecinos a recuperar la libertad. La consigna sigue siendo quedarse recluido el mayor tiempo posible, porque la amenaza está y el número de contagios sigue trepando. En siete días los casos se multiplicaron por ocho.

Zonda se cerró cual república independentista, por pedido del intendente bloquista Miguel Atampiz y el acompañamiento del Concejo Deliberante. Tomaron una medida insólita con el anhelo de que sea suficiente para evitar el contagio. Lo mismo resolvió Ullum y después Calingasta. Es muy improbable que se pueda extender el muro indefinidamente. ¿Qué harán los trabajadores esenciales que viven ahí y deben viajar a Capital a diario para cumplir con su labor?

De 30 casos informados este martes al mediodía, un tercio era personal de Salud. El que piense que está a salvo puede equivocarse gravemente. Desde que explotó la peste en Wuhan, en China, la pandemia se fue explicando a sí misma. Se sabe cómo se transmite y cuáles son sus blancos predilectos. San Juan se convirtió en un muestrario de cada paso que el Coronavirus debía dar. Se filtró por la frontera, viajó en asintomáticos, pasó de persona a persona, se coló en un geriátrico y saltó a médicos, enfermeros y auxiliares sin importar medidas de seguridad.

Sin embargo, más allá de este apretado repaso por una semana que marcó a fuego el año de los sanjuaninos, la intención en estas líneas apunta a reparar en la dimensión más humana de la pandemia.

Detrás de los números hay personas de carne y hueso, con sus historias, con su barrio, con su familia, con su escuela o su trabajo, con su vida que se vio alterada repentinamente, sin previo aviso.

Sin nombres, porque el protocolo obliga a preservar las identidades para evitar el estigma, el caso revelado en la Facultad de Ingeniería movilizó esta necesidad de reflexionar. El estudiante, cuyo lugar de residencia no trascendió, estuvo rindiendo materias de manera presencial el viernes 14 de agosto. Por lo tanto, hubo docentes que lo evaluaron. Y compañeros que compartieron el aula y los sanitarios. Por supuesto que todo ocurrió de acuerdo a las normas establecidas por el Consejo Superior, con barbijo y demás. Pero basta repasar el día de cada uno para detectar esos momentos ínfimos en que se cometieron errores. El que esté libre de pecado que arroje la primera piedra.

El estudiante fue hisopado porque su nombre surgió de la investigación epidemiológica que febrilmente está desarrollando Salud Pública. Se le hizo la prueba de PCR y dio positivo. Quedó aislado en su casa con toda su familia. Y empezó el rastrillaje en la unidad académica de la Universidad Nacional de San Juan. Contarlo así implica ponerle rostro a cada una de las personas involucradas. Ponerse en los zapatos de cada uno de ellos y de ellas por un instante, como ejercicio imprescindible. Claro que asusta. Está bien que provoque temor. Todo, antes que la indiferencia o la frialdad de los números recitados como si se tratara de un mercado de valores.

Las historias personales están también en cada uno de los 18 abuelitos y abuelitas de la residencia de adultos mayores de Rawson. O el camionero de Veladero. O la trabajadora sanitaria del Barrio Santa María en Chimbas. Hasta anoche había 165 protagonistas anónimos, con su pesar, con su angustia y su dolor.

Detrás de los números hay personas de carne y hueso. Solo el que se crea a salvo sentirá la impunidad de señalar con el dedo acusador. El que se crea a salvo estará cometiendo la peor equivocación.


JAQUE MATE

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