El rap como un arte por derecho propio

Aunque Joseph Pulitzer (1847-1911) no indicara en su testamento que los premios que exhortó a crear tuvieran un apartado musical, sí alentó becas en la disciplina.
sábado, 28 de abril de 2018 · 16:48

Aunque Joseph Pulitzer (1847-1911) no indicara en su testamento que los premios que exhortó a crear tuvieran un apartado musical, sí alentó becas en la disciplina. Los sueños del editor húngaro-estadounidense, que ansiaba fundar la primera universidad de periodismo, se consumaron en forma póstuma: desde 1917 existen los Premios Pulitzer pero fue a partir de 1943 que se empezó a distinguir los logros musicales. Entonces, el elegido fue el compositor William Schuman, que según el jurado fue el merecedor porque su obra (Secular Cantata No 2: A Free Song) se ajustaba a la prerrogativa convocante: “Una composición musical distinguida, de dimensión significativa, a cargo de un estadounidense que la haya estrenado en su país durante el año en curso”. Durante más de siete décadas, las distinciones oscilaron entre diversos géneros: la música contemporánea, clásica, ópera, banda sonora y, tímidamente, el jazz, contándose el trompetista Wynton Marsalis y el saxofonista Ornette Coleman entre los agasajados.

Como era notorio hasta el lunes 16 de abril, un modus operandi almidonado, circunspecto, muy poco sensible a los descomunales cambios que se dieron en la música popular estadounidense en las últimas décadas. Así las cosas, el anuncio del premio al rappero Kendrick Lamar, oriundo de Compton (Los Angeles) a partir de su álbum Damn, no sólo abrió una nueva perspectiva en la forma de repartir méritos en el área musical de los Pulitzer, sino también en la manera de justificarlos.

“Una colección virtuosa de canciones, unificada por su autenticidad vernácula y su dinamismo rítmico, que ofrece viñetas afectivas que capturan la complejidad de la vida afroamericana”, explicó sobre Damn el jurado del premio. Y a excepción de la referencia al ritmo, todo se orienta a destacar la capacidad lírica de Lamar. Teniendo en cuenta que en las 75 ediciones anteriores la música condecorada, salvando algunas óperas, era eminentemente instrumental, la audacia del comité de selección parece ser mayor aún. Uno de los cinco integrantes del panel de jurados, el crítico musical David Hadju, le dijo a The New York Times que el trabajo de Lamar entró en discusión “una vez que nos dimos cuenta de que muchos de los trabajos ‘clásicos’ que estábamos evaluando tenían una clara influencia del hip hop. Eso nos llevó a poner sobre la mesa el hecho de que el rap tiene valor en sus propios términos, y no sólo como un recurso a emplear dentro de un campo que es ampliamente reconocido por el establishment institucional como serio o legítimo”.

Junto a sus compañeros Regina Carter (violinista), Paul Cremo (del Metropolitan Opera), Farah Jasmine Griffin (profesor de la Universidad de Columbia) y el compositor David Lang, Hadju colaboró en la unánime elección de Damn. “No lo pensamos porque fuera popular. El ímpetu partía de decir: ‘Escuchen esto. Es realmente brillante’”. “Es un trabajo muy poético”, amplió por su lado Regina Carter. “Se tiene la sensación de que si tomáramos esas letras y las pusiéramos en una canción, igualmente funcionaría como literatura”.

La parábola de la violinista-jurado acaso complemente los argumentos que, hace un par de años, llevaron a la elección de Bob Dylan como Nobel de Literatura. Por un lado, la intención progresista de la academia de incorporar la cultura popular a su esquema de premiación. Por el otro, la imposibilidad de apreciarla y juzgarla en sus propios términos, obligada a desmenuzarla para que se asemeje a sus propias y limitadas expectativas de forma y fondo. Como si una canción, de Dylan o Lamar, no estuviera articulada por el diástole-sístole indivisible de música y letra.

Pretender extirparle la letra al sonido o al ritmo y sólo extenderlo al papel puede ser más que una trampa, y desenmascara el tic académico y decimonónico de adjudicarle a la literatura el fin primero y último de la cultura. Sobre todo teniendo en cuenta que el rap, igual que el rock and roll, fue en primera instancia reacciones físicas y rítmicas, gritos instintivos y liberadores que proponían algo parecido a la glosolalia (ver el Awop-Bop-a-Loo-Mop Alop-Bam-Boom, de Little Richard introduciendo el clásico Tutti Frutti , de 1956) o la verba descontrolada de Sugarhill Gang en Rapper’s Delight (1979), traducida al castellano, en un delicioso equívoco, como Delicias de un charlatán, por nombrar dos hitos pioneros en cada género.

Sería reduccionista decir que Damn es nada más (y nada menos) que un brulote anti-Trump. Por lógico, no es menos atendible el disgusto: donde la era Reagan-Bush mereció himnos como Fight the Power (Public Enemy) y Fuck the Police (NWA), Lamar aporta ojos y voz en el tema XXX: “Ave María, Jesús y José, la gran bandera americana disfraza los explosivos, desórdenes compulsivos, hijos e hijas, edificios y fronteras con barricadas / Hay asesinatos en mi calle, tu calle, la calle de atrás, en Wall Street, oficinas corporativas, bancos, empleados y jefes con pensamientos homicidas/ Donald Trump está a cargo / Perdimos a Barack y prometimos no volver a dudar de él, pero, ¿América es sincera o disfrutamos pecando?”, agita en un track que tiene un breve cameo de los U2.

En Lust, desafía la falta de conciencia de sus conciudadanos: “Todos nos despertamos, pendientes de las noticias / Buscando una confirmación, esperando que la elección no fuera real / Todos nos preocupamos, todos nos vimos enterrados con nuestros sentimientos / (…) Se lo dijimos al vecino, apostando a que estaban de acuerdo, desfilando por las calles, protestando orgullosamente / El tiempo pasa, las cosas cambian, volvemos a los programas de siempre, atrapados en nuestros caminos”.

Si para los verdaderos pioneros del hip hop (DJs, breakers, graffiteros), el rap apenas era el remate, fuerte fue su disgusto cuando algo que consideraban leve y fuera de onda como Rapper’s Delight (o peor: que apenas tuviera relación con la escena de fiestas del Bronx) fuese el tema que los puso en la boca de todo el mundo. Pasarían unos tres años hasta que se editara The Message (1982), de Grandmaster Flash and The Furious Five, donde se informaba de una forma casi periodística sobre el entorno y sus circunstancias: “Es una jungla ahí afuera: vidrios rotos de botellas y la gente mea en las escaleras, sin importarle (…)/ No tengo dinero para moverme, no hay chance/ Ratas adelante y cucarachas por detrás/ Los drogadictos en el callejón con un bate de beisbol”. Contra lo que se supone, hasta fines de los ’80 (con la aparición de Erik B & Rakim, Public Enemy y N.W.A), la idea de lo testimonial, el impulso de la protesta y la denuncia, sería más bien excepción y no regla. “En los 70, el hip hop se trataba de superar el abandono, la pobreza, la violencia, el abandono. Para los 80, la promesa era otra: el éxito”, se dice en la excelente serie documental Hip Hop Evolution (disponible en Netflix) refiriéndose al pavoneo hedonista de Run DMC y LL Cool J.

Existe el temor de muchas partes a pensar que Damn fue premiado por las razones equivocadas: corrección política, postura anti-Trump, culpa racial. Como muchos, la propia jurado Carter reconoce que el álbum anterior de Lamar (To Pimp a Butterfly, 2015) era más rico y sofisticado en lo musical. Pero en el año en que Marvel hace de un súper-héroe afroamericano un tanque cinematográfico (Black Panther), y a un par de años de que el cantante Frank Ocean y la-ganadora-del-Oscar Moonlight (Barry Jenkins) pusieran en primer plano que el hombre negro también puede ser ambiguo.

Parte de la justificación del premio a Lamar (“ofrece viñetas afectivas que capturan la complejidad de la vida afroamericana”) bien podría ser el mérito de Atlanta, serie premiada con Globo de Oro y Emmy, creada y actuada por Donald Glover, en la que la vida en el estado sureño es descripta con un humor ácido y tierno a la vez. Allí interpreta a Earn, un muchacho afro que ya desertó a la idea de ser esposo y universitario, y encuentra una veta en transformarse en manager de su primo, el ascendente rapper de ficción, Paper Boi. Los grises comandan cada capítulo: la mujer que por escalar socialmente se adecúa a un millonario negrófilo en un juego de conveniencias o las coincidencias oblicuas a las que llegan un rapper machista y una socióloga feminista en un debate televisivo, o la desopilante historia del negro que se transforma en blanco sólo para terminar odiando a su raza de origen.

Queda menos de un año para saber si el Pulitzer a esta música ratifica su apertura o confirma que la nómina fue coyuntural. Mientras tanto, la nueva generación femenina (Cardi B, Cupcake) ya está llevando las cosas dos pasos más allá en la discusión de género y sonido, la desfachatada mezcla de hip hop y electrónica conocida como trap ya es la banda de sonido global de los adolescentes y, en Argentina, a falta de un referente popular, las plazas y el Luna Park promueven a los payadores del siglo XXI acometiendo con el freestyle en “batallas de gallos”. Sin la espada, sin la pluma, pero, que no queden dudas, con todas las palabras que les sea posible retener.

Fuente: La Nacion

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